Salvador: Memoria del campo
Hay personas que no necesitan explicarse. Basta con observar cómo se mueven, cómo miran, cómo se relacionan con lo que les rodea.
A Salvador lo conocí una mañana cualquiera, en su finca, entre vacas, mulas y tierra húmeda. Acompañaba a un amigo que venía a retratarlo, pero pronto entendí que aquello no iba solo de un retrato.
Mientras daba de comer a sus animales, todo sucedía sin prisa. Sin artificio. Como si el tiempo no hubiera cambiado demasiado en ese lugar. La luz dura de la mañana acentuaba el peso físico de su trabajo y revelaba una coreografía íntima de esfuerzo y respeto mutuo.
Durante años, Salvador trabajó como mulillero en la plaza de toros de Mijas. Hoy, lejos de aquel entorno, sigue cuidando de sus “bestias”. Por costumbre, por necesidad, o quizá porque hay formas de vida que no se abandonan del todo.
En sus manos permanece un conocimiento que apenas se transmite ya. Gestos, tiempos y formas de hacer que no están escritos en ningún sitio.
Esta serie no intenta explicar su vida. Tampoco reconstruirla. Es, simplemente, una aproximación a un hombre y su mundo. A su manera de estar. A un ritmo distinto. A todo aquello que, sin hacer fluido, permanece.
Agradecimientos
A Salvador Porras, por abrirnos las puertas de su finca, por su tiempo y por permitirnos documentar una vida dedicada al cuidado y respeto de sus animales. Eres historia viva de Mijas. A mi amigo Kapi, compañero de esta jornada, cuya idea original de retratar a Salvador fue la semilla de este proyecto. Gracias por compartir la mirada.