A veces, uno no sale a hacer fotos. O al menos, no con esa intención. Son esos momentos en los que el peso del equipo importa menos que la atmósfera que se respira. Eso fue lo que ocurrió este Viernes Santo en Mijas Pueblo: decidí enfrentarme al desafío de la “cero luz” únicamente con mi smartphone. Lo que empezó como un ejercicio de ligereza, terminó convirtiéndose en una revelación sobre cómo una herramienta sencilla puede capturar el alma de una tradición.
El rito comienza con la procesión del Cristo de la Paz, San Juan Evangelista y la Virgen de la Soledad. El trono avanza por las calles estrechas y el aire se espesa. Las manos, el gesto, el humo que envuelve la escena… ahí está todo: lo sagrado y lo cotidiano; aquello que se repite año tras año y que, sin embargo, nunca es igual.
Al llegar a la Ermita de San Sebastián, se impone el silencio. La Virgen de los Dolores aguarda en soledad, rodeada únicamente por la luz temblorosa de las velas. Es la pausa necesaria. El momento en el que todo se detiene y la fotografía deja de ser una mirada hacia el exterior para convertirse en algo íntimo.
Y entonces, vuelve la calle. La noche. La gente. La luz se transforma, deja de ser funcional y se vuelve escénica, convirtiendo las esquinas de siempre en un teatro de sombras y devoción.
Al final, surge lo inesperado. Mi hija, ajena al bullicio, se concentra en una pequeña llama entre sus manos. Mientras el pueblo procesiona y la calle Charcones se prepara para recibir al Santo Sepulcro, ella crea su propio universo de luz. La historia no estaba solo en los tronos; estaba también en lo que ocurre en los márgenes, en lo que no se busca pero se encuentra.
A veces, fotografiar es simplemente estar. Olvidar la herramienta, dejar que las cosas sucedan y tener la suerte de estar allí para verlo.
“Fotografías realizadas con iPhone 12 Pro”




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